viernes, 29 de octubre de 2010

Retorno atropellado

No me puedo dormir. Acabo de conducir 350 kilómetros y no me puedo dormir. Son las 3:17 de la mañana y no me puedo dormir. Me he tomado una infusión de tila y hierbaluisa y no, no me puedo dormir. La cabeza me bulle, pero sólo ella sabe qué se está cociendo.
350 kilómetros con lluvia y asfalto del malo y no me puedo dormir. Si me jode...
Parto de nuevo pronto hacia otro destino, con otro alfabeto, en una cultura tan similar que las diferencias son conceptuales y eso es chungo porque hay que fijarse mucho y con las gafas no veo de cerca. Todo el día quitando y poniendo.
También dicen que es un sitio frío; bueno, lo dicen y los científicos lo corroboran: -20 grados. Y tiene río, así que humedad asegurada (sí, porque pasa agua, no como por el Ebro). Yo no sé qué vicio me ha entrado a mí últimamente con las ciudades con puerto, pero de una en otra.
La verdad es que podría aprovechar este rato y ponerme a investigar por Internet sobre cómo es mi nuevo hogar, pero me da pereza. Pereza porque es teoría y prefiero vivirlo, verla, sin saber nada de ella. Entrar en shock, como cada vez que algo es nuevo.
Lo de las ciudades es algo curioso. En las fotos todas son bonitas, todas tienen algo que merece la pena conocer y cuando te llegas, sólo es una ciudad. Una ciudad con personas y semáforos. A mí me dan miedo. Las ciudades, pero los pueblos más. Así que me dedico a conocerlas, porque conocer es la única manera que tengo de vencerlo. No sé si es un truco muy bueno, porque la abuela gruñona dice que cualquier día me pasará algo; claro que, ella se murió de angustia y aburrimiento, así que intento mandar sus comentarios a Cascaporro, provincia de Valladolid. Supongo que me entenderán.
Por lo que sé esta ciudad tiene universidad, lo que siempre es un aliciente y un indicio de vida.
La verdad es que no sé muchas más cosas, aunque mañana mi madre intentará contarme todo lo que ha leído en la Larousse y quizá no desconecte del todo (de hecho, lo de la universidad es cosa suya). Yo creo que una ciudad sin universidad le parece menos ciudad o algo de eso. Siempre se entera de cosas raras, detalles ajenos. Cuando vuelva me preguntará: ¿Y cómo es la ciudad? Y yo le hablaré de los edificios, de la industria (esto lo vi en las fotos), de las personas y de los precios. Si no hay semáforos, también se lo diré. Y se me olvidarán los olores, seguro, siempre me olvido de hablarle de los olores.
Las ciudades son como la gente. Uno llega y todos parecen iguales. Al menos de primeras: cabeza, tronco y extremidades. Luego se van diferenciado. A mí me pasa igual con las personas que con los sitios nuevos: tengo que perder tiempo conociéndoles para que no me asusten. Porque resulta que en el fondo todos somos iguales. Con nuestras cosas, que nos empeñamos en tapar, cada uno en su moda mental.
Hay veces que antes de conocer ya sabes lo que hay... a veces basta y otras no. A mí me dura exactamente un mes y medio con (buen) sexo (creo que incluso un poco menos, pero tengo que intentar salvarlo) y hasta varios años sin él. La segunda parte explica porqué algunas de mis relaciones vuelven una y otra vez, suelo olvidarme de cuál era el límite. A mí a veces me aburre un poco esto, tengo que decirlo. Creo que agradecería algo más radical, pero recordar ,de vez en cuando, está bien. De hecho, creo que está muy bien; es un homenaje. Lo que no se recuerda no ha existido y con la cantidad de emociones que hemos sentido ya es una pena desperdiciarlas.

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