Es así y a veces hasta estoy de acuerdo con ellos. Y eso es un problema, créanme. A mí la gente no me suele caer mal por nada. Al menos no el 100%. Hay gente que me cae mal porque me da mal rollo. Y con esas de verdad que no puedo hacer nada, aunque lo intento, pero he aprendido a resignarme a mi instinto. Total, el golpe me lo llevo igual.
La cosa es que tampoco puede una confiarse demasiado. Sí, ya sé que nadie es del todo bueno ni del todo malo. Y yo no digo que esa gente sea mala, pero por si acaso que se queden lejos de mí, por favor. El problema es cuando te vienen bien. Mi parte crítica y luchadora se niega a aceptar esa posibilidad, "siempre hay otra opción". Pero pongamos que no se encuentra y que el camino parece pasar por esa puerta sí o sí. ¿Entonces? Entonces una llama, claro que llama. Asumiendo la posibilidad de que zorrahipócrita sea un buen auto-epíteto a partir de entonces y que la zorraegoístamalapécora tenga algo bueno que ofrecer. Amén hermana. Te has metido en la puta boca del lobo. Cuando te marchas tras un encuentro breve, con algún intercambio somero de información, sabes que la has jodido. Has hipotecado tu paso a esa persona. Y sabes que, tarde o temprano, lo tendrás que pagar. Y lo pagarás.
Pagar o superarlo y aceptar que una puede ser tan zorra como la que más. A veces hasta con gusto y placer. Yo me he decantado por lo segundo. Y no pienso pagar. Bastante tengo con mi conciencia.
Hace unos días explicaba qué significaba la expresión batir el cobre que forma parte de la url de este blog. Si vuelvo a pasar la aspiradora es porque parece que he vuelto a dejar que el polvo se acumule. Aunque empiezo a pensar que no es eso, que no es que se me haya acumulado polvo, sino que, las moléculas habituales han ido llegando y ya me he puesto nerviosa. Y que, además, he descuidado la otra parte. Una no es muy buena ama de casa y cuando el baño reluce, la cocina da miedo (y eso que están bien cerca y que esta casa es pequeña, aunque a lo mejor es por eso... porque esta casa no acaba de convencerme de que sea mi casa).
Además de batir el cobre o de gustarme el barro, todo depende de cómo quieran ustedes entenderlo, pienso demasiado. Me hice fan de Descartes a las 12 años por un libro de francés (¡¡¡!!!) en el que salía una frase suya (creo, porque acabo de buscar en Internet y nada se parece a mis recuerdos). La cosa es que yo me declaré cartesiana a la docena de otoños y a mi padre le pareció muy bien y a mi madre también. O, al menos, no dijeron lo contrario. Cuando fui más mayor y estudié Historia de la Filosofía me envicié con Kant, pero era la época de Selectividad y una tenía muchas ganas en la puerta para aventurarse con más. Pero creo que no lo entendí muy bien (o sí, vaya usté a saber) así que empecé a dudar: todas las decisiones que tomaba conscientemente eran sometidas a un riguroso y repetitivo análisis sin pies ni cabeza. Así una se ahoga. Yo se lo aviso para que no lo intenten.
Es una tendencia que mantengo, aunque sólo a ratos, alguno se me escapa y empiezo a girar y a girar y a girar y a girar y es un no parar. Hasta que alguien te avisa: "chiqui..." Y yo le miro con las pupilas dilatadas, muy grandes y entra la luz por esa rendija que han dejado y me aclimato y veo que aquello que tanto miraba sólo era una pelota. ¡Una pelota! Roja y brillante, ¡tan bonita! Y yo preguntándome qué era... y mira que cuando la vi pensé que era una pelota, pero oye, a lo mejor me equivocaba y la había tocado con la punta de los dedos, le había dado un golpe, la había olido, hasta chupado un poco, le conté una historia y me la puse en la cabeza como si fuera un sombrero; pero era una pelota.
Y es que me despisto mucho.
Y me exijo mucho.
Menuda mezcla.
De mayor estoy aprendiendo a ser pequeña y a renombrar las cosas. Así que ahora cuando veo una cosa que parece una pelota, aunque no coincida con la característica de bonita y roja, digo "Pe-lo-ta. Pe-lo-ta." (si puede ser alargando mucho las vocales y muy despacio). Y en función de si la necesito o no pues la cojo o ahí se queda. Y así con todo... Reciclo mis ideas, mis referentes y mis definiciones. Amigos no son lo mismo que eran antes. Y mi casa, tampoco es exactamente la misma que era...
El primer post de este blog nació para otro blog; cuando, al tiempo, decidí crear una nueva clasificación para mis publicaciones (al fin y al cabo eso es lo que es esto) busqué un título que me gustara. A la vuelta del mundo podría interpretarse como "al regreso del mundo" un estado de soberbia con el que no comulgo. Gracias a que alguien ya había copado este dirección, tuve que buscar un nuevo nombre que permitiera acceder a este compendio (no quiero poner más etiquetas); encontré la expresión batir el cobre en la web de la Fundación de la lengua española y me gustó. Las dos acepciones, tanto "intentar una cosa con mucho empeño" como "disputar con mucho acaloramiento", reflejan bastante bien dos de mis cualidades (o defectos). El "vivir" se lo añadí, como una declaración de intenciones, no para los lectores sino para mí misma.
Las cosas se ven borrosas
si una corre demasiado
Y es que... me cansé. Me cansé de agachar las orejas y temer dar mi opinión; de suavizar, con edulcorantes ficticios, ideas tajantes; y comencé este blog.
Ocurre que en esta dicotomía entre luchar o dejarse llevar a veces olvido lo divertido que es hacer las cosas bien. Lo que se dice currárselo. Admiro profundamente a la gente que lo hace sin pensar, que no está tres días dándole vueltas a si sí o si no, que tienen claro el objetivo (esto es uno de mis "imposibles") y van a por él. Las personas que más me gustan, esas personitas que me rodean y me hacen feliz, tienen bastante de esto. No todas claro, menudo coñazo sería eso, pero un gran número. El caso es que a mí a veces se me olvida, no sé cómo, pierdo el norte, el objetivo, la brújula y cualquier indicador. En esos momentos todo se vuelve un aburrimiento, el mundo se me cae encima y todo pasa despacio, como en una película de los cincuenta. Y yo no sé ustedes, pero a mí lo de vivir triste no me acaba de convencer. Sé que hay momentos para estar triste, pero triste e inactiva, me parece mucho.
Uno de los libros en los que tengo metida la nariz habla de superación en la aplicación en educación de la teoría de la homeostasis, según la cual "los animales y lo humanos prefieren evitar el estado de activación e intentan estar constantemente en un estado más estable" (M. Williams y R.L. Burden, Psicología para profesores de idiomas, Edinumen, Madrid, 2008, página 122). Pues lo mío es un poco igual; estar quieta me aburre y demasiada actividad me desestabiliza. Como ya dije una vez, quien me entienda que me compre. Pero, como los griegos bien sabían, en el medio está la virtud y creo que de eso se trata: estar aquí y ahora y estar bien.
No dejen nunca de compartir
su tiempo (y todo lo demás)
Estar aquí y ahora. En septiembre del 2009 me independicé, empecé un máster presencial y seguí trabajando (a media jornada) en el despacho en el que llevaba seis meses como secretaria. Lo que supone la independencia, creo que se lo imaginan (compartiendo piso, además); lo que supone iniciar un máster y encontrar a personas interesantes, también; así que no les aburriré con eso. Sólo quiero que entiendan la ocupación diaria a la que me enfrentaba. Recuerdo hablar con amigos y decir: "es que voy superliada, no tengo nada de tiempo". Antes de acabar el máster, me inscribí en las oposiciones de secundaria, así alargué el estrés vital, un mes más. Luego vinieron la ampliación del contrato, la operación de mi padre (una semana de hospital en cantoculo), festivales, vacaciones en Barcelona (haciendo un curso de teatro), el reto de marcharme de España a buscarme la vida, un máster online... y cuando me di cuenta le estaba diciendo a una amiga: "tía, es que voy superliada, no tengo tiempo". Dar la misma excusa (aunque sea verdad) dos años seguidos, no mola. Sobre todo porque significa que algo no se está haciendo bien (o que no se quiere hacer, pero en este caso aseguro que quería pasar tiempo con ella). No sé cuándo volveré a tener todo el tiempo disponible para hacer sólo lo que yo quiera. De hecho, dudo que vuelva a pasarme. Se acabaron los veranos de tres meses sin ninguna responsabilidad. Estar aquí y ahora significa precisamente eso: estar aquí (donde sea) y ahora (con lo que sea) e intentar hacer lo que de verdad quiero en el tiempo que puedo. No me entiendan mal, no soy ninguna supermujer. De hecho (y muy a mi pesar) se me acumula la ropa sucia, los emails sin responder, los libros para leer, los cursos a hacer, las fantasías a hacer realidad... No puedo hacerlo todo, no tengo la capacidad para ello. Y me jode. Pero más me jode no saber de alguien en seis meses porque he dejado para el día siguiente (que nunca llega) mandarle un email o llamarle. Pueden cambiar saber de alguien por preparar un tema de la oposición o apuntarme a clases de alemán. Son todo cosas que quiero hacer. Sólo tengo que darles el tiempo.
Ahora me van a perdonar, pero me he extendido mucho ya en esto. Otras cosas requieren mi atención. Eso sí, les confirmo que explicar en este blog elporqué de "vivir batiendo el cobre", hacer una entrada sobre la importancia de moverme sin revolucionarme y otra sobre la idea de crecer (que anda por ahí escondida) quedan oficialmente tachados de la lista.
Sean felices. Vivan según sus ideas. Es la única manera.
Creo que hay cosas chungas en la sociedad globalizada, muy chungas, chunguísimas, que no son evitables y creo que hay cosas por las que se les deberían caer los pantalones a los gobiernos. Entre otras y a saber: pasar hambre, ausencia de vivienda digna (en cualquiera de sus formas) y el analfabetismo.
Yo, en este país, hasta hace unos días, era una analfabeta. No sabía leer. Sigo sin saber hablar, pero he comenzado a entender las letras. Algo es algo. Stepka po stepka que se dice aquí (y se escribe así Стъпка по стъпка para que ustedes vean).
Nunca me he sentido tan inútil como cuando no podía entender los carteles. Estrictamente, sigo sin entenderlos; pero soy capaz de descifrar el código. Podía hablar y eso me ha salvado. Repetir los sonidos o interpretar las grafías, según el caso. También he recurrido a las onomatopeyas, no se vayan ustedes a creer que es fácil coger un taxi sin mapa, sin diccionario (poco previsora que es una) y sin tener lengua alguna en común con el conductor. En Europa todo el mundo habla inglés. Yo sigo en Europa y me lo sigo sin creer.
Bulgaria y su alfabeto cirílico. Bulgaria y sus sílabas intrincadas. Bulgaria, mi casa en este momento (encuentro mi casa donde me descalzo por las noches o cuelgo mi sombrero). Los primeros días aquí me reventaba mi incapacidad y utilicé el recurso fácil de pensar que los complicados son ellos. Ya podrían haber adoptado el alfabeto latino, con lo estupendo que es. Obviamente se me cayó la conciencia encima. Tanto hablar de la mierda de la globalización, de la identidad propia y esas cosas y me ponía a pedir gilipolleces. Hice lo único que puede hacer una en estos casos: buscarse un alfabeto y aprender (las dos variantes: mayúsculas y minúsculas o imprenta y cursiva, según se mire y quien las clasifique).
Para muestra un botón:
Ahí pone Ugo. Sí. La y griega (con opción a llamarse ye) es una u; la ese al revés una g. Y la hache nos la ahorramos porque en búlgaro no existe (no crean que no me duele ver el nombre Ugo, así escrito, huérfano de su mayúscula insonora). Aquí donde lo ven, es un restaurante (una cadena de, más bien), bastante recomendable, por cierto: con raciones más que abundantes de módico precio y con la carta (también) en inglés.
A modo de anécdota, permítanme recomendarles que no se dejen engañar; al menos, una vez cada día, acudan a un restaurante típico búlgaro. Y cuando digo restaurante dejen de pensar en mesas con manteles con brocados y recuperen las imágenes de aquellos comedores soviéticos (o infantiles) con mobiliario de madera. Con cartas escritas a mano según la comida disponible. Donde la cocinera lleva un jersey viejo y cocina como una madre. Donde pagas 3 levas y comes como en casa. Allí comí por primera vez en Bulgaria y (en el mismo lugar, unas mesas más allá) tuve mi primera reunión social con mayoría búlgara. Y aprendí (o comencé a o intenté mejor dicho) a bailar jorá. (Después de un rato investigando parece claro que es el nombre de un baile concreto, pero no me pregunten más datos, porque no he hecho más que liarme con las distintas informaciones). Y es que los búlgaros son muy sociales y se apuntan a cualquier cosa. Por lo que puede entender la estructura básica de una comida típica es: cerveza, ensalada + rakia (bebida fuerte no, lo siguiente, similar al aguardiente), plato + vino, postre + alcohol todo ello intercalado con bailes. Sí, uno se levanta se pone a bailar y luego se vuelve a sentar y sigue comiendo. Si oyera esto mi tía se la llevaban los demonios. A continuación, unas imágenes, con los primeros valientes.
Siento desilusionar a los fans de mi coordinación,
pero grabar y bailar no es lo mío.
Al final nos sumamos un buen montón, creo recordar que unos veinte y fue muy divertido. Yo no dejaba pensar en las comidas familiares (concretamente en la del día del Pilar) y me imaginé (efectos de la rakia -de la que hablaremos otro día-) a todos mis parientes agarraditos de las manos y con las rodillas para arriba. Deberíamos recuperar estas tradiciones. Propongo sinceramente bailar jotas el próximo 12 de octubre.
Actualización de última hora: Soy completamente inútil buscando en Internet. Jorá es el nombre genérico que reciben las danzas folclóricas búlgaras. Hay un tipo concreto que se llama joró. ¿Quién dijo que supiera leer bien?
No me puedo dormir. Acabo de conducir 350 kilómetros y no me puedo dormir. Son las 3:17 de la mañana y no me puedo dormir. Me he tomado una infusión de tila y hierbaluisa y no, no me puedo dormir. La cabeza me bulle, pero sólo ella sabe qué se está cociendo. 350 kilómetros con lluvia y asfalto del malo y no me puedo dormir. Si me jode... Parto de nuevo pronto hacia otro destino, con otro alfabeto, en una cultura tan similar que las diferencias son conceptuales y eso es chungo porque hay que fijarse mucho y con las gafas no veo de cerca. Todo el día quitando y poniendo. También dicen que es un sitio frío; bueno, lo dicen y los científicos lo corroboran: -20 grados. Y tiene río, así que humedad asegurada (sí, porque pasa agua, no como por el Ebro). Yo no sé qué vicio me ha entrado a mí últimamente con las ciudades con puerto, pero de una en otra. La verdad es que podría aprovechar este rato y ponerme a investigar por Internet sobre cómo es mi nuevo hogar, pero me da pereza. Pereza porque es teoría y prefiero vivirlo, verla, sin saber nada de ella. Entrar en shock, como cada vez que algo es nuevo. Lo de las ciudades es algo curioso. En las fotos todas son bonitas, todas tienen algo que merece la pena conocer y cuando te llegas, sólo es una ciudad. Una ciudad con personas y semáforos. A mí me dan miedo. Las ciudades, pero los pueblos más. Así que me dedico a conocerlas, porque conocer es la única manera que tengo de vencerlo. No sé si es un truco muy bueno, porque la abuela gruñona dice que cualquier día me pasará algo; claro que, ella se murió de angustia y aburrimiento, así que intento mandar sus comentarios a Cascaporro, provincia de Valladolid. Supongo que me entenderán. Por lo que sé esta ciudad tiene universidad, lo que siempre es un aliciente y un indicio de vida. La verdad es que no sé muchas más cosas, aunque mañana mi madre intentará contarme todo lo que ha leído en la Larousse y quizá no desconecte del todo (de hecho, lo de la universidad es cosa suya). Yo creo que una ciudad sin universidad le parece menos ciudad o algo de eso. Siempre se entera de cosas raras, detalles ajenos. Cuando vuelva me preguntará: ¿Y cómo es la ciudad? Y yo le hablaré de los edificios, de la industria (esto lo vi en las fotos), de las personas y de los precios. Si no hay semáforos, también se lo diré. Y se me olvidarán los olores, seguro, siempre me olvido de hablarle de los olores. Las ciudades son como la gente. Uno llega y todos parecen iguales. Al menos de primeras: cabeza, tronco y extremidades. Luego se van diferenciado. A mí me pasa igual con las personas que con los sitios nuevos: tengo que perder tiempo conociéndoles para que no me asusten. Porque resulta que en el fondo todos somos iguales. Con nuestras cosas, que nos empeñamos en tapar, cada uno en su moda mental. Hay veces que antes de conocer ya sabes lo que hay... a veces basta y otras no. A mí me dura exactamente un mes y medio con (buen) sexo (creo que incluso un poco menos, pero tengo que intentar salvarlo) y hasta varios años sin él. La segunda parte explica porqué algunas de mis relaciones vuelven una y otra vez, suelo olvidarme de cuál era el límite. A mí a veces me aburre un poco esto, tengo que decirlo. Creo que agradecería algo más radical, pero recordar ,de vez en cuando, está bien. De hecho, creo que está muy bien; es un homenaje. Lo que no se recuerda no ha existido y con la cantidad de emociones que hemos sentido ya es una pena desperdiciarlas.